La negociación – Crítica de la película

La negociación – Crítica de la película

Película La negociación, de Gus Van Sant.

Para hablar de La negociación (insípido título local para Dead Man’s Wire), conviene comenzar no por la dirección de Gus Van Sant ni las excelentes actuaciones protagónicas, sino por el músico y poeta Gil Scott-Heron. Su nombre sale a colación durante un diálogo frívolo entre un par de personajes, pero no es casualidad dado que Van Sant decide cerrar su película con el que posiblemente sea el trabajo más famoso de Scott-Heron: la canción de protesta “The Revolution Will Not Be Televised”, cuya crítica alude a la apropiación mediática de las causas sociales en las calles para hacer espectáculo.

Una genialidad de ironía ante la manera en la que el guion, de Austin Kolodney, presenta la increíble historia de Tony Kiritsis y Richard Hall, quienes protagonizaron un extraño caso de secuestro en Indianápolis durante 1977.

La historia, reconstruida por la película, sigue a Kiritsis (Bill Skarsgård), quien llevando una alargada caja, entra sin resistencia alguna a las oficinas de la compañía de préstamos hipotecarios Meridian Mortgage, esperando una reunión con su presidente, M.L. Hall (Al Pacino). Dado que éste se encuentra de vacaciones en Florida, su hijo Richard (Dacre Montgomery) se encarga de recibir a Tony, una decisión desafortunada cuando el asunto resulta ser un secuestro.

Película La negociación, de Gus Van Sant.

Pero no cualquier secuestro, pues Tony amarra a sí mismo y a la nuca de Richard una escopeta cargada, con un cable que disparará el gatillo si se tensa demasiado: un “dispositivo de hombre muerto”. Por lo tanto, la policía no puede dispararle cuando, rehén a cuestas, conduce hasta su departamento para atrincherarse hasta que se cumplan sus demandas: la exoneración por la deuda sobre un terreno y una disculpa pública de M.L. Hall admitiendo que Meridian Mortgage lo estafó para comprarlo y endeudarse en primer lugar. Mientras tanto, una reportera (Myha’la) corre detrás de la primicia, y un popular DJ de radio local (Colman Domingo) es arrastrado como intermediario de las negociaciones.

En apartados técnicos, está demás hablar del impecable diseño de producción, de maquillaje y vestuario de La negociación, que recrean meticulosamente la Indianápolis de 1977 –ayudadas de una dirección fotografía que intercala imágenes creadas con cámaras de televisión antiguas, para emular transmisiones televisivas–. A nivel de guion, el relato se desenvuelve de manera sencilla y lineal, del momento en que Kiritsis entra a las oficinas hasta que concluyen las 63 horas del secuestro.

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Lo más interesante está en lo que el guion de Kolodney y la dirección de Van Sant deciden no mostrar, además de las anotaciones que el director –con el montaje de Saar Klein– decide resaltar. Y podemos comenzar por decir que La negociación no es exactamente una película sobre hechos, sino sobre percepciones.

Película La negociación, de Gus Van Sant.
Screenshot

La película no se preocupa por esclarecer si Kiritsis fue o no realmente estafado por los Hall y por Meridian Mortgage, o si sus exigencias son, por lo tanto, legítimas –aunque Pacino, con una escena, se encarga de justificar cualquier animosidad de carácter hacia ellos–.

Lo que importa, en el mundo presentado por Van Sant, no es sólo que el protagonista así lo cree, sino que su fervor por justicia es explotado para avanzar carreras periodísticas, incrementar ratings para aprovechar la pauta publicitaria del prime time y, sobre todo, manipular la percepción pública: algunos se oponen, otros aplauden a Kiritsis como un héroe que pretende poner en su lugar a los “parásitos” capitalistas y, al final, todo es ruido. O agua para mover la rueda de la maquinaria mediática.

El montaje de La negociación también presenta a una de las celebridades que, a primera vista, podría sentirse más fuera de lugar en la narrativa: John Wayne, ícono del western y, por lo tanto, una pieza fundamental del imaginario colectivo estadounidense, recordado por su peculiar marca de heroísmo bravucón que busca justicia por propia mano. Quizá no está tan fuera de lugar, después de todo…

¿Será que Van Sant y Kolodney lo insertan aquí para ironizar sobre la inutilidad de este bravado ante una sociedad estadounidense que todo lo vuelve espectáculo? Tal vez. En todo caso, cuando la ira del hombre común por dinero se pierde en la marea mediática,

 

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