Spider-Man: Un nuevo día – Crítica de la película

Spider-Man: Un nuevo día – Crítica de la película

Estreno de la película Spiderman, Spider-Man un nuevo día de 2026.

La última vez que el trepamuros de Marvel estuvo en cartelera –y rompió la taquilla–, la conclusión de esa historia se sintió como un punto y aparte: un borrón y cuenta nueva para llevar a Peter Parker (Tom Holland) hacia sus solitarios orígenes callejeros, lejos de los Vengadores y, sobre todo, de los amigos que lo han olvidado, Michelle Jones “MJ” (Zendaya) y Ned Leeds (Jacob Batalon). En el primer cometido, Spider-Man: Un nuevo día (Spider-Man: Brand New Day) es un satisfactorio regreso a lo básico… entorpecido por una frustrante salida en falso en el segundo.

El resultado, aunque innegablemente entretenido por buena parte de su metraje, casi se siente como el esquizofrénico esfuerzo por parte de Marvel Studios para satisfacer dos objetivos a menudo en conflicto. Por un lado, corregir algunos de los vicios del Universo Cinematográfico de Marvel (UCM) –el exceso de CGI sin vida o la necesidad de historias interconectadas que requieren ver cinco precuelas y siete spin-offs para entender sus 30 referencias–. Por otro lado, la necesidad de contar una historia nueva sin alienar a los fans de la primera trilogía. En el proceso, el guion de Chris McKenna y Erik Sommers queda saturado, a medio camino entre ambas intenciones.

La trama comienza relativamente simple: Peter lleva una solitaria vida, espiando las redes sociales de sus viejos amigos para saber qué ha sido de ellos en cuatro años. Enfocado en su labor cazando malhechores “de a pie” como el héroe anónimo, Spider-Man, un buen día intenta poner fin a una devastadora persecución en las calles de Nueva York –Frank Castle (Jon Bernthal) también está aquí, desentonando con Spidey cual punzante grano rojo a mitad de la nariz–.

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El incidente termina implicando a la organización Control de Daños y a una entidad telepática que puede controlar mentalmente a prácticamente cualquier individuo, menos a Peter, quien es capaz de sentirla. Dada su habilidad, es reclutado por Control de Daños para descubrir su identidad y capturarla, pero también debe lidiar con repentinos picos intermitentes de su transformación arácnida.

Desde el comienzo de Un nuevo día, la dirección de Destin Daniel Cretton (Shang-Chi y la Leyenda de los Diez Anillos) demuestra una intención de refrescar al actual Spidey del cine. Al son del tema “Wolf Like Me” de TV on the Radio –que habla sobre perder el control ante un instinto primitivo–, el montaje inicial muestra al héroe en su carrera como justiciero anónimo en su creciente soledad, marcando un tono más maduro.

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La dirección de fotografía (de Brett Pawlak) es más colorida e incluso audaz en sus decisiones, optando por ángulos subjetivos e inmersivos en las secuencias de lucha o cuando Spidey se columpia entre rascacielos. Los propios combates juegan ingeniosamente con las habilidades del héroe y consiguen una visceralidad palpable, gracias al trabajo conjunto del coordinador de stunts Marlow Warrington-Mattei –un veterano de Marvel Studios– y de Peng Zhang –quien colaboró con Cretton en Shang-Chi, pero también ha trabajado en producciones de artes marciales chinas y occidentales, como Karate Kid: Leyendas–.

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El problema de la película Spider-Man: Un nuevo día es cuando se asoman los viejos vicios de la franquicia, principalmente la necesidad necia de establecer conexiones con rostros conocidos, poner bases para el futuro de la franquicia y, con todo lo anterior, intentar contar su propia historia. Aunque el personaje de Sadie Sink nunca se siente forzado a pesar de sus implicaciones para lo que viene –el secreto más obvio de la historia, por cierto–, otros no dejan de sentirse como cameos glorificados. ¿Realmente necesitábamos a Punisher o a Hulk (Mark Ruffalo) en esta historia?

Y aunque MJ y Ned representaban el corazón emocional de las tres películas pasadas, aquí es inevitable sentir que su regreso –y obsesión del guion por el estira y afloja de reunir (o no) al grupo– es señal de que la franquicia se resiste a dejar ir el pasado y explorar nuevos rumbos. Algo acentuado, dicho sea de paso, por la ambigüedad hacia la que lleva a este par de personajes que tampoco tienen mayor incidencia fuera de sus respectivas subtramas.

Hay una buena película de ese Spider-Man solitario, callejero y medio trágico debajo de tanta sobrecarga narrativa. Ese espíritu, tan bien evocado por la ya clásica Spider-Man 2 de Sam Raimi, llega a asomarse por momentos. Pero Un nuevo día parece tener un pie plantado en la nostalgia, y su gran poder termina opacado por la gran responsabilidad (artificial) del UCM y su aguda secuelitis.

 

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