Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma – Crítica de la película

Llegar a ciegas a Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma), o guiados apenas por los materiales promocionales, podría predisponer la expectativa de un slasher queer o, si acaso, de una película meta. Si bien estas etiquetas no son técnicamente incorrectas, también son limitadas: darían para pensar más en algo como la saga Scream, y eso sí sería una equivocación.
Lo que propone Jane Schoenbrun (Vi el brillo del televisor) trasciende la mera intertextualidad y la parodia –aunque sí que hay mucho de eso– para plantear preguntas más profundas. Por ejemplo: ¿qué mueve en nosotros el cine y, en específico, el cine de terror? ¿Y de qué formas las pantallas pueden mediar nuestros conceptos de nosotros mismos?
La premisa, presentada con un genial montaje durante los créditos iniciales, es relativamente sencilla: una larga franquicia ficticia de terror slasher, Campamento Miasma –que desde la tipografía a los carteles es una descarada pero divertida alusión a Viernes 13– languidece luego de décadas de una mediocre secuelitis y peores reboots. Y tal como ave fénix –o como saga de Halloween por vía de Blumhouse–, un estudio recluta a una joven cineasta queer en ascenso, Kris Williams (Hannah Einbinder), para revivir la franquicia con un reboot más, que la aleje del subtexto transfóbico de la original.

A pesar de los cuestionables orígenes de la saga, Kris le tiene cariño por haberla descubierto durante su infancia, y en particular por la protagonista de la original, Billy Presley (Gillian Anderson), a quien quiere para protagonista de su reboot sin importar que lleva décadas retirada. Para convencerla, viaja hasta su casa en un remoto y nevado rincón del noroeste: el mismo rancho donde se filmó la primera película. Aunque la actriz no está convencida de la interpretación intelectual y académica sobre la que Kris quiere construir su versión –le interesan los entrecruces entre la identidad queer y las “representaciones monstruosas de la crueldad”, dice–, Billy acepta participar, iniciando una conexión entre las dos mujeres que desencadena un fascinante arco psicosexual.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se presenta como una obra burlonamente consciente de sí misma: diálogos pasajeros aluden a sus paralelos con Sunset Boulevard y hay secuencias enteras construidas alrededor de los vicios creativos de Hollywood. Sin embargo, Schoenbrun apunta algo más interesante que la mera intertextualidad desde la propuesta visual de la película, fotografiada por Eric Yue en 35mm y usando, con obviedad intencionada, efectos visuales artesanales como apasteladas pinturas mate. No sólo invita a ver sus artificios, sino a reflexionar el cine como un cúmulo de los mismos en su aspiración de construir una ilusión tan real que, al impregnarse cotidianamente en nuestras identidades y cosmovisiones, requiere de este distanciamiento para ser desmontada.
Cabe señalar que la filmografía de Jane Schoenbrun –quien a su vez creció viendo la saga de Pesadilla en la Calle del Infierno– tiene como eje temático común la exploración de cuestiones como la identidad y disforia de género –Schoenbrun es trans–, la identidad mediada por la cultura y el desdibujamiento de las fronteras entre realidad y fantasía.

En su libro Feeding the Monster: Why Horror has a Hold on Us, la crítica de cine Anna Bogutskaya alude al tabú cultural, un tanto enraizado en el esnobismo hacia el género y aún no del todo trascendido, alrededor del culto al cine de terror –que ella encapsula en la pregunta what’s wrong with you?–. Lo compara con algo infeccioso y prohibido que, por lo tanto, se vuelve irresistible para el marginado, el outsider.
Si partimos de aquí, vale complementar con que Jane Schoenbrun encontró fascinación en el terror por la codificación de la identidad trans como monstruosa a través de villanos como Norman Bates (Psicosis) o Buffalo Bill (El silencio de los inocentes), lo que a su vez forma una curiosa paradoja con cómo Hannah Einbinder explica la popularidad del género entre las identidades queer: en una sociedad donde salirse de la heteronorma puede ser una condena a la marginación, la identificación con el monstruo es tan lógica como liberadora.
Sin revelar demasiado, en esa contradicción radican las fantasías de las dos protagonistas en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. Si el slasher es un subgénero del terror que admite una multiplicidad de lecturas de misoginia, represión sexual y LGTBIfobia, ¿no se vuelven problemáticos tanto su culto como la identificación? Tal vez es como dice Billy, y se trata más de sentir en vez de racionalizar y problematizar para encontrar una tercera vía: la apropiación de sus códigos.
Es así como, a pesar de que la premisa de su película podría parecer de una pretenciosidad metatextual digna del banal mote de “terror elevado”, Jane Schoenbrun se inserta en la película por medio de Kris para decirnos que, quizá, ser libres sólo se trata de abrazar nuestras sensibilidades y fantasías sin importar el qué dirán… Aplica para expresarnos sexual y artísticamente.
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