Coco: El viaje que enamoró a Pixar

Coco: El viaje que enamoró a Pixar

La primera vez que Lee Unkrich pisó México fue durante el tour promocional de Buscando a Nemo (2003), película que codirigió junto a Andrew Stanton. En aquel viaje, ni él ni nadie se imaginaba que ese sería el primer pilar de su siguiente película, Coco. Circulaba por las calles de la Ciudad de México en el asiento trasero de un auto cuando de pronto vio un local de piñatas a través de la ventanilla. Pidió al conductor detenerse inmediatamente y entró a la tienda. Lo que encontró ahí le impresionó: alrededor del 75% de las figuras que flotaban en el lugar, hechas de papel crepé brillante, eran personajes de Pixar.

“No me llevé ninguna”, nos dijo riendo. “Pero ese fue el inicio. Cuando tuve la idea de hacer el proyecto ubicado en el Día de Muertos, una pequeña parte de ese interés fue que, de cierta forma, lo vi como una oportunidad de responder a eso”.

Esta pequeña revelación explica, aunque sea en parte, lo que causó que un hombre originario de Ohio —sin ascendencia latina— le dedicara siete años de su vida a entender y rendir homenaje, mediante la animación, a una de las tradiciones mexicana más queridas. El resultado de su investigación fue Coco, película de Pixar situada en el esplendor del Día de Muertos y nació principalmente del deseo de Unkrich de explorar esa iconografía que tanto admiraba: esos colores vibrantes, los personajes extravagantes, las atmósferas festivas.

Sin embargo, se podría decir que su semilla también provino del corazón de las audiencias mexicanas. La campaña promocional de la película ha destacado una y otra vez que se trata de una “carta de amor” al país —en una época complicada entre EE. UU. y su vecino del sur—; sin embargo, una parte de ella, aunque sea pequeña, fue más bien la respuesta a la carta apasionada que México ya le había enviado a Pixar, año con año, con la recepción de sus películas y personajes. En ese local de piñatas, Lee Unkrich se encontró de frente con un público que ya dialogaba con él, usando elementos de su propia cultura.

Pixar ha respondido. Y lo hace con Coco, una aventura que tomó años y varios viajes de investigación intensa, además de paseos por los cementerios mexicanos, visitas a las familias oaxaqueñas, cenas de tamales y, como nos dijeron los mismos Unkrich y la productora Darla K. Anderson, “mucho mezcal”.

Donde la muerte se ríe

El Día de Muertos está de suerte últimamente. Las tradiciones mexicanas han servido anteriormente de inspiración a los animadores del mundo: desde Los tres caballeros, de Disney, hasta Speedy González. Sin embargo, la celebración de los muertos no ha sido muy representada en la pantalla grande, pues el mundo moderno, y en especial Estados Unidos, ve a la muerte como algo a lo que hay que temerle, demasiado indeseable como para festejarse.

En los últimos años, sin embargo, su presencia en el cine de Hollywood ha aumentado. Spectre, la más reciente aventura de James Bond, incluyó en una de sus secuencias un desfile ficticio lleno de catrinas en el Centro Histórico de la capital; mientras que el director Jorge R. Gutiérrez retomó la iconografía festiva y el folclor mexicano como escenario para su animación hecha en Hollywood El libro de la vida (2014) —producida por Guillermo del Toro—.

Aunque la investigación de Coco comenzó mucho antes del estreno de ésta última —empezó a producirse en 2011 y tuvo un pequeño tropiezo de relaciones públicas cuando se supo que Pixar intentó patentar la frase Día de Muertos o Day of the Dead en 2013—, para cuando se dio a conocer más sobre ella y se mostró un poco de su arte, el festejo de los muertos ya no era del todo territorio virgen en el ámbito de la animación.

Aun así, la visión de Unkrich y de su codirector Adrian Molina (él sí de ascendencia mexicana) tenía otras ambiciones, mucho más conectadas al verdadero significado del festejo del 2 de noviembre, a través de la historia de un niño con sueños de ser músico que se convierte en el primer vivo en visitar la Tierra de los Muertos. Unkrich y Gutiérrez, sin embargo, sí tuvieron una cosa en común: ninguno quiso parecer un turista a la hora de representar el folclor mexicano.

La relación del mexicano con la muerte fue uno de los elementos de la investigación que más llamó la atención de Pixar.

“Nunca he creído del todo en eso de que los animadores viajen y crean que con eso ya entendieron la cultura de un lugar”, diría Jorge G. Gutiérrez en 2015, para explicar por qué su equipo no viajó a México para El libro de la vida. “Cuando haces eso acabas con una visión de turista”. Pixar, por otro lado, no sólo cree fielmente en la investigación de campo, sino que ésta es parte esencial de su proceso creativo: actividades de rafting para Un gran dinosaurio, horas y horas de observar jardines para Bichos, expediciones a basureros para Wall-E… Visitar México durante la preproducción para sumergirse en las tradiciones se convirtió en la opción obligada, pero estaban muy conscientes del peligro que había en apreciarla con una mirada extranjera.

“Era muy importante para nosotros no ser turistas, sino que pudiéramos en verdad tener tiempo con las familias”, nos dijo Lee Unkrich en entrevista. “Nos encontramos allá con unos amigos. Ellos terminaron viajando con nosotros y nos presentaron a varias familias. Pasábamos el día entero con ellas mientras se preparaban para el Día de Muertos. Visitamos muchas ofrendas personales que habían creado. Eso fue muy significativo a la hora de compartirnos sus tradiciones. Se mostraban muy curiosos con lo que estábamos haciendo y cada una de ellas fue increíblemente generosa”.

El equipo hizo en total cinco viajes a distintas partes de México. Los primeros dos fueron realizados por Lee Unkrich y Darla K. Anderson, mientras que los posteriores fueron hechos por el departamento de arte y animadores. Ahí estudiaron no sólo las decoraciones, los panteones llenos de pétalos de cémpasuchil, la arquitectura de los pueblos y el folclor, sino que se infiltraron a las casas –primordialmente en Oaxaca– para ser parte de los festejos desde dentro.

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La investigación de Coco resultó en un sinfín de piezas que se encuentran resguardadas en las bóvedas de Pixar.

Fue en esos hogares, mientras los anfitriones les servían diferentes recetas caseras “del mejor mole del mundo”, en donde la aventura adquirió autenticidad hasta convertirse en lo que es hoy: la historia de Miguel, un niño que, guitarra casera en mano, tiene la ilusión de seguir los pasos de su héroe musical, un cantante “a la Jorge Negrete” llamado Ernesto de la Cruz.

Sólo existe un pequeño problema: en su familia, la música ha quedado prohibida desde hace varias generaciones, gracias a una situación triste vivida por sus antepasados. Debido a un ligero atrevimiento durante el místico Día de los Muertos, Miguel queda atrapado en la Tierra de los Muertos, donde se topa con sus parientes convertidos en calaveras y en donde deberá encontrar la forma de regresar, además de probarse a sí mismo que ha nacido para ser músico. En su odisea es acompañado por su perro xoloitzquintle, Dante, y por Héctor, una calavera simpática que cuenta con la voz de Gael García Bernal.

La historia —al menos la parte de los vivos— se ubica en el pueblo ficticio de Santa Cecilia: un mundo creado no sólo a partir de lo que visualmente son los pequeños pueblos del sur de México o de lo que es el Día de Muertos visto desde los cementerios.

“Nuestra convivencia llenó la historia de pequeños detalles que le dieron textura y autenticidad. Por ejemplo, una vez vimos en una casa que el perro constantemente se metía al cuarto para robarse la comida de la ofrenda. Hice una nota mental de hacer eso con Dante. Son esas cosas las que no puedes ver en libros, ni en películas”, nos reveló Unkrich. Y aunque el perro de Miguel podría parecer un poco fuera de lugar (¿cuántas personas en los pueblos pequeños de Michoacán tienen xoloitzquintles?), tiene sentido en términos mitológicos: en algunos lugares se cree que los xolos sirven de guías para el inframundo.

Todo parece indicar que Pixar ha encontrado en Coco su récord de investigación de una manifestación cultural. “En Coco hubo mucha más investigación de campo a comparación de cualquier otro proyecto en el que yo hubiera estado involucrado”, nos dijo Harley Jessup, el diseñador de producción conocido por su trabajo en Monsters Inc. y Ratatouille. Y aunque Darla nos aseguró que Pixar dedicó el mismo esfuerzo de inmersión para Ratatouille —para la cual el equipo de animadores viajó a París y experimentó la escena gourmet—, lo cierto es que ésta es la primera vez que Pixar se lanza a celebrar una tradición tan icónica para la cultura e identidad de un país, algo complicado cuando se trata de un festejo tan diverso.

“El Día de Muertos se celebra de forma distinta en todos lados”, nos dijo Unkrich. “Tan sólo de Pátzcuaro al siguiente pueblo ya había muchas diferencias. A veces cantan, a veces llevan velas, pero la esencia es la misma. No elegimos los elementos con base en todo lo que nos parecía padre, sino que nos enfocamos en rescatar la esencia”.

“Lo último que queremos hacer es representar a la cultura mexicana en su totalidad”, añadió Jason Katz, uno de los supervisores de historia. “Lo que queremos hacer es, a partir del Día de Muertos y de sus tradiciones, contar la historia de una familia y la de un niño que se aventura a seguir sus sueños”.

A la investigación de campo para Coco se le sumaron las reflexiones no sólo de cada animador latino que se unió al proyecto desde el inicio (“En cuanto se enteraron, todos quisieron participar, naturalmente”, nos dijo riendo Unkrich), y del elenco también completamente latino: también se tomaron en cuenta las de cada empleado con sangre hispana y, en especial, las de los consultores externos a los que Pixar les abrió por primera vez su sala de proyección. Durante el proceso de producción, Pixar realiza proyecciones cada 12 semanas para mostrar los avances de sus proyectos, a las que atienden solo miembros del estudio. Esta vez, sin embargo, mostraron pietaje a un grupo de latinos prominentes, quienes tuvieron bastantes cosas que decir.

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En su investigación, el equipo de Coco descubrió la importancia de la familia para los mexicanos.

“Esto no sólo es sobre el Día de Muertos. También queríamos representar a las familias: cómo se hablan, cómo se tocan, qué clase de comida tomarían y esas cosas que das por sentado a la hora de crecer allá, pero que no nos es familiar a nosotros los extranjeros”. Un ejemplo de esto es la forma en que la abuelita de Miguel disciplina a todo aquel que ose hacerla enojar. Según le dijo el director a Collider, originalmente iba a ser blandiendo un cucharón, hasta que un consultor externo dio en el clavo: “No. Debería ser una chancla”, les dijo a los animadores.

A los que se van, pero no del todo

Tal como lo descubrió Unkrich y su equipo, el Día de Muertos se trata de una sola cosa: la muerte no separa a las familias mexicanas. Eso quiere decir que el olvido no tiene cabida aquí. Elementos como la famosa Catrina, el pan de muerto, las calaveritas de azúcar, el papel picado de colores brillantes y el naranja de las flores de cempasúchil demuestran que nuestra relación con eso de dejar de vivir puede ser bastante alegre, humorística y hasta sabia. La muerte es parte de vivir y, como tal, no es ningún impedimento para tener una gran reunión familiar cada 1 y 2 de noviembre. Sin embargo, para alguien ajeno al contexto, es fácil confundir su significado a primera.

Para Coco, Pixar trabajó durante un año en una historia temprana que salió a partir de esa investigación y que era muy distinta, sobre un niño estadounidense que viajaba a México con su papá durante el Día de Muertos para a conoce parientes que nunca había visto. “Yo no soy de México, ni lo eran las personas con las que empezamos a desarrollar la historia”, nos dijo Unkrich. “Así que estábamos más bien haciendo una aventura desde el punto de vista de un foráneo, naturalmente. Pero finalmente nos dimos cuenta de que estábamos contando algo que tenía una idea muy diferente de la muerte: era sobre alguien tratando de decir un adiós y eso era totalmente lo opuesto a lo que significa el Día de Muertos”.

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Según el cineasta, una vez que el equipo se sumergió en la celebración, empezó a verla como una reunión entre vivos y muertos, un encuentro entre seres queridos, en lugar de una despedida. Decidió incluir eso y, después de hablar con las familias, finalmente se sintió con la suficiente confianza para abordar una historia sobre una familia mexicana. El tema de la conexión entre generaciones, más allá de la muerte, se convirtió así en el alma de la aventura, lo que se ve reflejado en la canción principal: “Recuérdame”, compuesta por Kristen Anderson-López y Robert López (el dúo responsable de las melodías de Frozen: Una aventura congelada), interpretada en los créditos finales por el cantante mexicano Carlos Rivera, en la versión doblada al español.

“Mi parte favorita del Día de Muertos es la noción de que el recordar a  las personas es una obligación”, nos dijo Unkrich. «Me gusta la idea de que casi casi es malo para las personas que nos han dejado el no pasar sus historias de generación en generación. Es algo hermoso. Debería ser un ritual mundial. Tengo álbumes de fotos en mi casa con personas que no sé quiénes son y los únicos que podrían decírmelo ya están muertos. Desafortunadamente, sus historias no lograron llegar a mí. De esta forma, las personas solo se desvanecen en el éter. Sería lindo saber sus historias y tener la oportunidad de contarlas también”.

Ahora, Miguel no sólo tendrá esta oportunidad de contar las de sus antepasados, también podrá vivirlas y, desde su pequeño pueblo, enseñarle al mundo lo divertido y significativo que puede ser recordar a quienes te hicieron quien eres. Por lo que nos cuentan, al menos eso le sucedió al equipo de Pixar: tenían un festejo que querían usar como escenario, pero les faltaba una historia. Vinieron a buscarla y, cuando la encontraron, empezaron a preguntarse por la suya. El año pasado, un altar de muertos fue erigido en las oficinas de Pixar en el mes de noviembre, decorado con fotografías de los parientes de varios de los empleados. Lo que inició como una película inspirada en una fiesta, finalmente se convirtió, de una forma u otra, en una invitación a conectar —y no olvidar— el pasado de cada uno.

Una versión de este artículo se publicó por primera vez en Cine PREMIERE #277 de octubre de 2017.

autor Periodista, editora en Cine PREMIERE y bailarina frustrada en sus ratos libres. Gustosa del cine, la literatura, el tango, los datos inútiles y de la oportunidad de desvelarse haciendo lo que sea.

Contenido original de Cinepremiere.com.mx

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