La Odisea – Crítica de la película

«Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo…» Con esos versos abre una de las traducciones más antiguas de uno de los textos fundacionales de la literatura occidental, y de esa misma forma nos disponemos a ver la nueva película de Christopher Nolan. En La Odisea, el director se atreve a poner en imágenes el poema de Homero y nos convierte, desde el primer minuto, en testigos privilegiados de la travesía de Odiseo de vuelta a Ítaca tras su victoria en Troya.
Pero la película no se conforma con narrar solo ese regreso físico: también nos plantea el dilema interno de todo lo que Odiseo va dejando atrás en Troya, un pesar que, sin duda, es también su mayor triunfo: el caballo de Troya. Es esa dualidad, más que la guerra en sí misma, la que Nolan usa como punto de partida para todo lo que un hombre está dispuesto a atravesar (tormentas, dioses, criaturas, y sobre todo su propia naturaleza) con tal de volver a casa.
Lo primero que hay que decir es que estamos ante una película visualmente espléndida. Nolan volvió a filmar junto a su fotógrafo de cabecera, Hoyte van Hoytema, y juntos lograron algo sin precedentes: es la primera película de ficción de la historia rodada íntegramente en cámaras IMAX de 70mm. Se trata de un esfuerzo que llegó a consumir más de 600 kilómetros de negativo. Eso se siente en cada encuadre. Hay escenas que, solo por su composición y escala, dejan perplejo a cualquiera sentado en la sala; el formato deja de ser un capricho técnico y se convierte en parte del lenguaje con el que se cuenta la historia.

A lo largo de la película, Nolan sigue explorando uno de los dilemas que ha perseguido en buena parte de su filmografía (desde Memento y su trilogía de Batman a Interstellar, Dunkerque y Oppenheimer): ¿es la destrucción y la violencia del hombre un hecho justificado con tal de buscar, incesantemente, la paz y la perfección en un mundo imperfecto? Creo que es ahí donde Nolan encuentra el por qué de contar esta historia precisamente hoy. En La Odisea esa pregunta viaja con Odiseo en cada isla, cada tormenta y cada prueba que se le presenta, y conforme el relato avanza, el mito va cediendo terreno a algo mucho más humano: menos dioses castigando a un hombre, más un hombre castigándose a sí mismo por todo lo que tuvo que hacer para ganar una guerra, y por todo lo que sacrificó después, tratando de volver de ella.
El guion, los diálogos y la manera en que se narra la historia funcionan con una precisión envidiable. La película envuelve al público de una forma que te hace sentir parte del viaje, no solo espectador de él, y a medida que Odiseo se acerca a Ítaca, la historia deja de sentirse como fantasía para sentirse, ante todo, como un relato sobre la culpa, el liderazgo y la insistencia de volver a casa.
El trabajo actoral, en general, es notable, más si se considera el desafío de producción que implica actuar dentro de un formato tan exigente como el IMAX de 70mm. Matt Damon construye a un Odiseo que logra transmitir, en una misma escena, el estoicismo del guerrero y la fragilidad del padre y esposo: pese a todo lo que enfrenta, su preocupación central sigue siendo la vida de los hombres que tiene a su cargo. Es una actuación que sostiene la película entera. Ahora bien, Odiseo es, por mucho, el personaje más explorado, y eso deja con ganas de más al resto del reparto: Anne Hathaway como Penélope, Tom Holland como Telémaco o Zendaya como Atenea (por mencionar solo a algunos) dejan ver, en el poco tiempo que tienen en pantalla, por qué están ahí y qué le aportan a su personaje, aunque uno termine la función deseando haber pasado más tiempo con cada uno de ellos.

Antes del estreno hubo una ola de quejas sobre el reparto elegido por Nolan: que si los acentos, que si no hay suficiente apego a la obra original. Creo que buena parte de eso se disuelve en cuanto se apagan las luces de la sala. Vale la pena recordar que esto es una adaptación: no es más que la manera en que Nolan lee La Odisea, la piensa y la traduce a la pantalla, y eso (lo personal que cada quien le imprime a una obra) es precisamente la magia del cine. Podríamos enumerar mil quejas más de las que ha tenido la gente antes de este estreno, pero creo que aquí es donde, como espectadores, vale la pena hacer una pausa y recordar que acercarse a una adaptación con la expectativa de una copia fiel es, de entrada, un malentendido sobre lo que hace el arte.
Mi consejo, si van a verla, es simple: cierren esos videos de opiniones ajenas, entren a la sala sin expectativas ni prejuicios prestados, y déjense llevar. Estoy convencido de que casi cualquiera puede encontrar algo que disfrutar en esta película. Si tengo una sola queja, es que, incluso después de casi tres horas de metraje, me quedé con ganas de más.
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