La identidad del continente africano a través de su cine

En 1973, durante la revolución de la independencia de Guinea Bissau, Diminga viaja con un grupo de combatientes revolucionarios hasta llegar a Sako, su marido, que está en el frente. La película, dividida en dos partes, muestra la época combativa y la época de paz, ambas subyugadas por la lucha, que nunca terminará.
De entre sus cualidades estilísticas y efectos prácticos extremadamente impactantes, resulta llamativo el modo en que Flora Gomes se posiciona en medio de la guerra encuadrando el horror de una muerte ruidosa, pero sin caer en espectacularidades. Y así esta realidad, que es más fría y mortal, sirve de abono para la poética de un amor joven que brota como el estramonio entre la maleza.
El amor, universal, se expone como el único superviviente de la destrucción total del colonialismo. ¿Qué más le queda a Diminga, cuyos hijos le fueron arrebatados por la guerra? Aquello reminiscente es el olvido del tiempo, el dolor, la incertidumbre, la vejez… Sin embargo, Gomes posa en dominga, una figura femenina indiscutible (madre de pocas palabras, sin hijos, con un marido enfermo), una actitud resistente, enigmática y ejemplar, convirtiéndose en el símbolo de la determinación del pueblo africano.

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