La virgen de la tosquera – Crítica de la película
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Varios mundos, en dicotomías, convergen en el primer plano de La virgen de la tosquera (2025). El cuerpo de la adolescente Natalia (la actriz debutante Dolores Oliverio), relajado en la improvisada alberca, perturbado por el sonido de un inminente estallido de violencia fuera de su casa. Primero, tenemos el mundo personal, interior, sensual, en un encontronazo con un repentino estallido de violencia en el vecindario.
Es la irrupción de la hostilidad cotidiana de una Argentina dosmilera en la vida de una chica que, en la (aparente) tradición del coming-of-age, quiere encontrar su camino en el mundo —y encontrarse en él—. Pulsión vital que choca de frente con la rabia de un vecino moliendo a golpes a un indigente, quien abandona en la calle un carrito de supermercado de extraño olor y sospechosos contenidos.
Una extraña forma de arrancar lo que, en otros momentos y entre otras cosas, es la historia del deseo frustrado que Natalia y sus amigas sienten por su amigo de toda la vida, Diego (Agustín Sosa), a su vez enamorado de Silvia (la mexicana Fernanda Echeverría hablando en perfecto dialecto rioplatense), una joven mujer ajena al grupo. Más tensas dicotomías: ilusión inocente arrojada a la desilusión del realismo; lujuria y amor adolescentes sofocados por hechos que despiertan celos y posesión.

La otra gran dicotomía está en el material de origen para la película, los relatos “La virgen de la tosquera” y “El carrito”, independientes entre sí y contenidos en el libro Los peligros de fumar en la cama de Mariana Enríquez. Cuando el primer reflejo podría ser pensar que ambos cuentos no tendrían nada en común, el guión de Benjamín Naishtat (Puan) y la dirección de Laura Casabé (La hora marcada) exaltan la alquimia del realismo mágico y del gótico —ya ingredientes esenciales en los textos de Enríquez— para señalar que, de hecho, tienen mucho en común, si tan solo imaginamos lo aterrador que debe ser existir como la adolescente del primer cuento en el mundo del segundo.
Deseo, rabia, frustración, miedo: no son tópicos aislados y separados por la página o convertidos en viñetas visuales, sino sentimientos que se entrelazan y atraviesan las experiencias de adolescentes, jóvenes mujeres en camino a ser adultas, vulnerables en un mundo abrumador donde la precariedad económica y de recursos es recurrente, el abandono y la culpa redundan como hartantes rimas, la violencia acecha con aspecto inquietante (¿y lynchiano?) en rincones cotidianos y, para colmo, el sosiego de los sueños y el cariño es usurpado por quien viene (o dice venir) de fuera, de cualquier otro sitio menos ese horror que habitan.
Una ebullición constante sin válvula de escape, pues. Y la dirección de fotografía, del mexicano Diego Tenorio (Tótem), presenta este mundo en otra fascinante tensión: una calidez veraniega —con una poca profundidad de campo que acentúa la desorientación y alienación— que se torna hirviente con cada tropiezo y cada frustración, hasta que no da para más y se adentra en los territorios de un género convencionalmente cargado de oscuridad y tonos fríos.

El terror de La virgen de la tosquera viene de un lugar más íntimo, confuso, con la irritación de quien no ha podido recuperarse de una ola y ya es revolcado por la siguiente. Y por lo tanto, es expresado por las vías mundanas que sólo serían posibles para estos personajes. La noción de la brujería y lo sobrenatural no se manifiestan aquí en las convenciones baratas, perezosas y escapistas del cine hollywoodense, con sus típicos sobresaltos que no aspiran a más que el shock en nombre del entretenimiento.
Son, en cambio, formas de buscar sentido en lo que parece no tenerlo: rezos y rituales como intento desesperado de purgar los males que atraen las desgracias, tanto las colectivas como las personales. Son lo mismo para una adolescente consciente de su carencia de poder para oponerse a un mundo que le arranca cosas y le impone otras.
En sí mismas, estas expresiones de lo sobrenatural rehúyen las explicaciones lógicas, lo que puede ser tan dramáticamente refrescante como chocante y frustrante. Progresiones son truncadas por acontecimientos y desenlaces repentinos, que condenan a una inevitable sensación de desasosiego. Aquella con la que coexisten quienes sólo tienen su cuerpo y su rabia para mantenerse a flote, en la deriva de un tormentoso presente en el que no se ve puerto ni tierra.

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