Misión imposible: La sentencia final- crítica de la película
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Tom Cruise ha tenido una rehabilitación de su imagen pública y escándalos personales a través del cine y quizá, más específicamente, de la mano de la saga de Misión Imposible, que llega a su inminente conclusión con la película La sentencia final, segunda parte de la entrega estrenada en 2023. La leyenda del súper hombre, casi inmune al tiempo y resiliente a toda destreza física imaginable, parecía haber terminado con el declive de superestrellas como Harrison Ford, quien en la última entrega de Indiana Jones hizo evidente que ya no hacía sus propios stunts e incluso echó mano de CGI para traer de nuevo la ilusión de una figura perdida.
En el caso de Cruise y su Misión Imposible, parte importante de la promoción de la saga enfatiza el hecho de que es él mismo quien hace todas sus proezas: que lo mismo puede permanecer largos minutos a gran profundidad en el mar, que mantenerse colgado de un aeroplano mientras vuela por lo alto o correr a velocidades físicamente imposibles –guiño, guiño–. Sin embargo, por mucho que se quiera hacer, el tiempo es únicamente generoso con aquello que queda registrado en las películas y no con la realidad.

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La sentencia final continúa mostrando la lucha de Ethan Hunt (Tom Cruise) para detener a una siniestra inteligencia artificial que todas las potencias mundiales desean por el poder que implica, pero cuando dicha inteligencia se rebela contra sus creadores, se convierte en una implacable amenaza. En esta ocasión, Ethan debe impedir que Gabriel (Esai Morales) controle a “La Entidad”.
Para ser una saga que se ha enfocado en la idea de que Ethan Hunt es la “manifestación del destino”, en la película parece haber una necesidad de exposición que rebasa lo que siempre ha estado en el corazón de la franquicia: sus virtuosos setpieces. En Sentencia final: Parte 2 dichas secuencias se hacen presentes sin duda, como aquella secuencia de aproximadamente 10 minutos en los que Hunt está bajo el agua en un submarino, reafirmando ese vínculo que tan claramente estableció con el cine del gran cineasta, comediante y atleta Buster Keaton en Misión imposible: Repercusión (McQuarrie, 2018).
Como se ha señalado en otros espacios, ya desde la primera parte –Sentencia mortal, Parte 1–, el final de la saga pecó de una sobreexposición y una aglutinación narrativa que parece responder a una necesidad de las audiencias contemporáneas de que los personajes expliquen todo. En esta ocasión, dichos personajes se enfrentan a una narrativa confusa y sumamente intrincada, que resulta innecesaria ante la principal belleza de esta saga: la acción pura.
Dirigida nuevamente por Christopher McQuarrie –quien como el cineasta Joseph Kosinski (Top Gun: Maverick, 2023) parece fungir más bien como un avatar de Tom Cruise en la silla de director–, La sentencia final cuenta con notables secuencias de persecución y de acción, pero sus personajes se sienten cada vez más alejados de ese aire ordinario que les caracterizaba en otras entregas. Anteriormente, personajes como Luther (Ving Rhames), Benji (Simon Pegg) o Grace (Hayley Atwell) hacían ver a Ethan menos como una máquina y más como un héroe. Lo aterrizaban a nuestro mundo y en su compañía las proezas del agente secreto parecían aún más increíbles.
Dicho esto, La sentencia final hace referencia a todas las película anteriores de alguna forma, incluyendo un momento de fan service que seguramente muchos disfrutaran. Sin embargo, para que convertirse en el cierre elocuente y explosivo al que aspira hace falta mucho más que solo hacer guiños a su propio universo para satisfacer a la audiencia. O al menos así lo parece demostrar la evidente fatiga de todo contenido creado por la casa Marvel bajo el auspicio de Disney.

La sentencia final aspira a convertirse en una épica bajo derecho propio, extendiéndose a lo largo de casi tres horas, acumulando multitud de personajes, países, escenarios y secuencias. Incluso trata de adquirir un aire ético al enfatizar que todo a lo que ha llegado esta saga se debe a las decisiones tomadas a largo de ocho películas y casi treinta años. Pero esa ambición de “profundidad” se estrella con una dimensión mucho más importante que cualquier otra: la del entretenimiento. Nadie quiere ver a Ethan Hunt lidiando con dilemas morales, al menos no tanto como verlo colgado de un avión, saltando distancias enormes en motocicletas, corriendo sobre trenes en movimiento o simplemente moviéndose a toda velocidad.
Al final, no hay dilema moral más potente que enfrentar de cara al tiempo y por ende, a la muerte.

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