El desaire – Crítica de la película mexicana
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Dicen que en Saltillo, Coahuila, el vox populi aún tiene en alta rotación el “Corrido de Rosita Alvírez”. Popularizado en los años 30 (si, así de viejo es), ha pasado de generación en generación, con intérpretes que van desde Antonio Aguilar hasta El Piporro. Ahora aquella historia ha inspirado la película El desaire.
El corrido de marras cuenta la historia, claro, de Rosita, una adolescente que no escucha los consejos de su madre y se va de fiesta una noche. Ya en el lugar, un tipo se le acerca para pedirle bailar juntos, a lo que ella no accede. El desaire ofende profundamente al individuo quien, en represalia, saca su revólver y le mete a la mujer tres balazos. Vaya masculinidad frágil.
La cosa es que el corrido, en efecto, es muy popular. Incluso inspiró en su momento varias películas mexicanas. Aquella Rosita Alvírez (1965), Yo fui novio de Rosita Alvírez (1954) y Rosita Alvírez, destino sangriento (1982). Y en todas ellas la historia es la misma: Rosita bien se lo buscó, por no escuchar a su madre, pero sobre todo desairar al caballero que sólo quería bailar.
No parece que la cinematografía nacional necesitara una película más basada en este corrido, pero la diferencia con El desaire (México, 2026) es que su director –el realizador mexicano Gabriel Ramos– no se anda con rodeos y cuenta la historia de Rosita cómo lo que es: la historia de un feminicidio.

Rosa (interpretada con gran aplomo por Vico Escorcia, en el primer protagónico de su carrera) es una adolescente que vive con su mamá en Saltillo, que atiende la florería de la familia, y que dejó los estudios luego de la muerte de su padre.
No obstante, Rosita ha decidido que es tiempo de regresar a la escuela para cumplir el sueño de ser abogada. Todos están contentos con la decisión: su mamá (Irene Arcila), su mejor amiga (Karen Martí), pero su novio, Marcos (Gabriel Almaguer), no está precisamente contento con Rosa, ya que si entra a la universidad, “¿cuándo nos vamos a ver?”.
El micromachismo de Marcos poco a poco se va convirtiendo en macro, y para abonar a sus crecientes celos (“¿por qué chupas así la paleta?”), resulta que Rosa está siendo acosada por otro individuo. Héctor (Joshua Okamoto) que se ha convertido en cliente asiduo de su florería pero que entre pedido y pedido desliza una cada vez más insistente invitación a salir.
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El guion, escrito a ocho manos por Elena Barbosa, Alba Garza, Jorge Sarmiento y el propio director, traza un ambiente que poco a poco se va volviendo hostil para Rosa. Desde los micromachismos tan atinadamente escritos, tan dosificadamente entregados, y tan bien actuados por un Gabriel Almaguer que sabe administrar el machismo en silencios, en miradas, en muecas, en una batería de lenguaje no verbal que resulta más violento incluso que las palabras: esos micromachismos que van desde el clásico “estás engordando”, hasta el típico de revisar el celular.
Pero si la película se hace visible es en gran medida a la actuación de Vico Escorcia, quien con temple de acero va capoteando los celos de su novio, los lances cada vez más osados de su incómodo pretendiente (ya en el colmo va a buscarla a su casa) y en general un ecosistema donde el pacto patriarcal está más que sólido: una madre que minimiza las agresiones del novio y una amiga que hace otro tanto.

El único espacio de seguridad para Rosa es la universidad, donde el personaje de una de las profesoras (Gabriela Garza) es el símbolo de esperanza de un mundo distinto, donde las mujeres no son juzgadas por su peso, por su estado civil, ni por sus faldas sino por su conocimiento, su capacidad y su inteligencia.
A nivel guion, El desaire resulta en una historia que retrata muy bien las agresiones machistas de los hombres a sus parejas y el cómo estas van subiendo de tono. A nivel dramático, la película tiene además un giro de tuerca que si bien para algunos estaría telegrafiado desde media cinta, resulta útil para sorprender al público y para dejar en claro el leit motiv de la cinta: la violencia machista puede venir de todos lados, incluso desde quien menos esperas.
El gran problema de la cinta es el tono: uno demasiado emparentado a la telenovela, incluso con una musicalización artificiosa y manipuladora que, si no fuera por lo interesante de la trama, sería incluso soporífera.
Gabrel Ramos no le teme a las tomas en exteriores, es un doble propósito que busca no solo darle volumen a la cinta sino también promocionar su estado, una Coahuila que (según cifras oficiales) está en medio de la tabla de feminicidios.
Todos sabemos cómo termina la película El desaire, pero Gabriel Ramos sabe darle a éste doloroso desenlace el peso que merece: sin que le tiemble la mano señala al feminicidio por su nombre, señala incluso a los cómplices, y reivindica por primera vez la memoria de Rosita Alvírez.

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