Cronos, la invención de Guillermo del Toro

Cronos, la invención de Guillermo del Toro

En la cinta, un anticuario de nombre Jesús Gris (Federico Luppi) descubre un antiguo dispositivo que alberga en su interior un misterioso insecto, y que promete la vida eterna a quien lo posea. Al activarla por accidente, La Invención de Cronos le devuelve a Gris su juventud pero, a cambio, despierta en el afable anciano un insaciable deseo de sangre, en un fáustico pacto que lo enfrenta no sólo con la tentación de eludir el inexorable paso del tiempo, sino con un poderoso industrialista que ambiciona la invención para sí mismo.

Debut de Guillermo del Toro, que tenía entonces veintiocho años, la cinta se presentó en Cannes en mayo de 1993 —aunque se había proyectado ya en noviembre de 1992, en la XXV Muestra Internacional de Cine—, y se estrenó de manera comercial el 3 de diciembre del mismo año. En Cronos se encontraba, en forma embrionaria, no sólo su obra futura, sino el director mismo: “un chavo de Guadalajara fanático del cine de horror y los cómics”, como recuerda el crítico Leonardo García Tsao que se lo presentaron entonces.

Infancia es destino

cronos

Nacido en Guadalajara, Jalisco, un 9 de octubre de 1964, Guillermo del Toro Gómez tuvo una infancia literalmente fantástica, marcada por las películas de monstruos de Universal, series como La dimensión desconocida y Un paso al más allá, Señorita Cometa y caricaturas japonesas… y la relación con su tía abuela Josefina, en “luto eterno” desde la muerte de su esposo y de quien heredaría ese “catolicismo de provincia” que se aprecia lo mismo en Cronos que en Hellboy. Propenso a las pesadillas —sueños lúcidos, les llama—, recuerda ver en su habitación monstruos a los que, como se sabe, hizo una promesa.

“Si me dejan ir a mear, voy a ser su amigo toda la vida”. 

A los ocho años de edad, el Gordo se apropió de la cámara super 8 de su padre para hacer peliculitas con sus figuras de El Planeta de los Simios, y luego cortometrajes como Pesadilla 1 (1982) y Matilde (1983), hoy perdido… y sólo la devolvió cuando dio el brinco al 16 mm, formato en el que realizó Doña Lupe (1985) y Geometría (1987). Fue ese también temprano descubrimiento del cine el que lo llevaría a atender el grupo Cine y Crítica de Occidente, bajo la tutela de Jaime Humberto Hermosillo, y luego a estudiar en el Centro de Investigación y Estudios Cinematográficos de la Universidad de Guadalajara.

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Pero sería su fascinación por lo monstruoso lo que le llevó a estudiar con el legendario Dick Smith y a fundar Necropia, la empresa de maquillaje de efectos especiales con la que trabajó en cintas como Mentiras piadosas y Goitia, un dios para sí mismo, mientras preparaba su primer largometraje: una ambiciosa historia de ciencia ficción, animada en stop-motion y titulada Omnivore, “tipo cómic underground como de fines de la adolescencia” y escrita en náhuatl, como revela en entrevista con IndieWire. “Muy pop, muy heavy metal,” dice.

Por tres años, el Gordo y su equipo se dedicaron a construir decorados y marionetas. A pocos días de iniciado el rodaje, sin embargo, el estudio fue vandalizado, y los títeres y decorados destruidos. Devastado, decidió que su debut sería entonces una película de live-action: García Tsao cuenta que desde que lo conoció, del Toro hablaba de hacer una película de vampiros, una ambición que habría de materializarse en un guion que, en su versión original, se titulaba El vampiro de Aurelia Gris y, más tarde, Sangre gris.

Ya desde el guion, del Toro daba cuenta de esas preocupaciones temáticas que lo han acompañado desde entonces —presentes lo mismo en los mecanismos de relojería, el uso de imaginería religiosa, en el protagonismo de esas “criaturas favoritas de Dios”, los insectos… y esa inocencia encarnada una y otra vez en figuras infantiles—, todo en una película mexicana realizada con valores de producción que no pedían nada a una película Hollywoodense y que incluía en el reparto actores gringos —fue su primera colaboración con Ron Perlman—, además de diálogos en inglés, y subtitulados al español además.

Cronos, la sombra del vampiro

Lo cierto es que La invención de Cronos —su título original— demostró ser una personal reinvención del mito del vampiro: un filme que —siempre según García Tsao— “resultaría el mejor espécimen del cine de horror nacional” y que, a pesar de esos letreros escritos en diferentes idiomas, producto del Tratado de Libre Comercio que asomaba ya en el horizonte, se situaba en un México reconocible. Y sin embargo, el crítico se equivocaba al decir que del Toro estaba “lejos de pretenderse una especie de espalda mojada del cine” pues, en 1997, habría de acometer la realización de Mimic en Hollywood… y en inglés.

Desde entonces, ha dirigido lo mismo adaptaciones de cómics—Blade II, Hellboy y su secuela—que filmes alabados por la crítica como El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, además de hacer al fin un filme animado con Pinocchio. Y todo comenzó con Cronos: la cinta sería seleccionada para representar a México por Película en lengua extranjera en la 66ª edición del Óscar, aunque no fue aceptada, y arrasaría en los Ariel de ese año al ganar en nueve categorías, incluyendo Mejor película, dirección y—claro—efectos especiales.

Pues vaya que ese “chavo de Guadalajara” tenía talento…

autor Periodista y cineasta, es colaborador de Cine PREMIERE desde el año 2002, conductor de Horroris Causa en UAM Radio 94.1 FM y miembro del equipo de Mórbido: Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror. Actualmente imparte las materias de Narrativa, Guionismo y Géneros Cinematográficos en SAE Institute Mexico, así como talleres de guion para cortometraje.

Contenido original de Cinepremiere.com.mx

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