Digger – Crítica de la película

Digger – Crítica de la película

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Hubo cierta entrevista en la que el periodista Jake Hamilton planteó a Alejandro González Iñárritu que Digger podía ser la culminación de una trilogía espiritual en la que figuraban también Birdman y El renacido. Según la lógica del entrevistador, la nueva película del cineasta mexicano había retomado de las anteriores —y fusionado en consecuencia— temas tales como el poder del storytelling y el poder de la naturaleza, respectivamente. Y es que, en esta ocasión, el personaje titular es un hombre sin escrúpulos que a base de controlar la narrativa (y básicamente ser puro cuento) lucha por prevalecer de cara a un desastre ambiental irreversible.

Sin embargo, en la búsqueda de vasos comunicantes, qué desafortunado sería pasar Bardo por alto; la película de Iñárritu inmediatamente anterior a Digger, donde a través de su álter ego, el realizador se permitía reflexionar y quizás hasta burlarse de sus propias ambiciones artísticas y ansias de retratar con sobrada grandilocuencia la barbarie del mundo real. Estos mismos temas evolucionan en Digger, cinta en la que más allá de la sátira política, emerge nuevamente la cuestión del papel del arte —específicamente el arte de contar historias— en un escenario contemporáneo ya no sólo plagado de problemáticas sociales, sino verdaderamente al borde del colapso.

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En Digger, nadie entiende mejor la importancia de una buena historia que el propio Digger Rockwell (Tom Cruise), un excéntrico magnate petrolero que cierto día se amanece con una inquietante noticia: una de sus plataformas en Groenlandia ha provocado el desprendimiento de una gigantesca masa de hielo que, para colmo, se dirige peligrosamente al norte de Europa. La inminente catástrofe motiva entonces al empresario de botas y sombrero a, por medio de una labia irresistible, mover los hilos necesarios para que los líderes del mundo lo vean no como villano, sino como la única persona que puede salvar a la humanidad. “Las palabras son percepción, y la percepción es realidad”, afirma sin rodeos.

Tal personaje resulta, por mérito propio, una caricatura grotesca que, en ese aspecto, tal vez se quede corta si la comparamos con quienes hoy ostentan (y con mucha menos elocuencia) el poder en el plano de lo real. Cabe decir que no es tampoco algo completamente novedoso dentro de la filmografía de la súper estrella de Top Gun y Misión Imposible. Basta recordar Tropic Thunder, donde Cruise encarnó en tono mordaz a otra despiadada figura de autoridad (en ese caso, un productor de cine) debajo de un impecable trabajo de maquillaje. Esas mismas virtudes se cumplen aquí, pero además, el histrión logra plasmar en Digger esas dotes de orador que más que ocultar la verdad, le permiten al oilman usarla a su favor.

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El guion coescrito por varias plumas —incluida la de Iñárritu y la de su paisana Sabina Berman— devino el germen para que la sátira resultante fuera, entre otras cosas, una batalla de monólogos; una contienda en la que igualmente sobresalen los nominados al Óscar Riz Ahmed y Jesse Plemons, quienes respectivamente interpretan a un científico nervioso y a un enigmático fan de Digger. Destaca también el gran John Goodman, eternamente ignorado por la Academia de Hollywood y que aquí personifica con extraordinaria fuerza corrosiva al mismísimo presidente de los EE.UU. con complejo mesiánico.

Por otro lado, es imposible ignorar que Iñárritu se propuso desnudar todo lo artificioso en Digger con una desfachatez que ya desde Bardo dejaba entrever. Semejante desenmascaramiento se advierte muy al inicio, cuando las cortinas en la habitación del protagonista se alzan cual telón de teatro guiñol. Ligado a ello, la banda sonora encomendada al británico Cosmo Sheldrake mantiene un muy justificado encanto circense mientras que la cámara de Emmanuel Lubezki navega con suma destreza los diversos espacios interiores y exteriores que exhiben un dejo de irrealidad.

A través de lo meta, podemos apreciar a un Iñárritu inspirado tal vez en el distanciamiento brechtiano, pero sobre todo, deseoso de entender su lugar como contador de historias en un contexto donde las historias devienen armas de doble filo. Son memoria y catarsis, pero también instrumentos de manipulación y cortinas de humo. Además, la película invita a cuestionarnos si habrá cabida para el arte en un mundo diezmado por el capitalismo voraz. Puede que sí; obras con las que seamos capaces de reírnos de nuestro destino como humanidad… Si no, ¿qué más nos queda?

autor Tengo muy mala memoria. Por solidaridad con mis recuerdos, opto por perderme también. De preferencia, en una sala de cine.

Contenido original de Cine PREMIERE

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