Jurassic World: Dominion – Crítica de la película


Darle continuidad y fluidez a una franquicia que lleva mucho tiempo insertada en la memoria colectiva del público debe ser un reto demandante. Pero existen casos en los que esto sí se puede lograr. Prueba fehaciente de ello es la película Jurassic World: Dominion, que retoma todo aquello que nos asombra de las producciones originales, pero lo hace de manera tan elegante y contenida –sin inclinarse totalmente hacia la nostalgia sobresaturada– que funciona como un verdadero tributo a la obra no sólo de Michael Crichton, sino también de Steven Spielberg. Tiene sentido que todo termine así.

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Hoy, es prácticamente imposible encontrar un reboot, remake o secuela que no cambie varias cosas que ya se habían establecido en la cinta original en aras de complacer a una nueva generación. Ejemplos de esto, por mencionar algunos, son lo hecho con Star Wars en su dispareja nueva trilogía que desechó las ideas de George Lucas para dar paso a la visión de un estudio diferente; o Terminator, que luchó durante años para encontrar un equilibrio decente entre las glorias del pasado y las tendencias del sci-fi dominado por efectos digitales. Aquí, sin embargo, lo que sorprende es la solidez y con la que se manejan todos los datos que se nos habían dado en entregas anteriores. De alguna forma, nada de lo que sucedió previo a este capítulo se siente desaprovechado.

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Nuestra crítica de la película Jurassic World: Domino.

Esto es un logro mayor, pues con un final como el de Jurassic World: El reino caído, que dejaba la puerta abierta a tantas posibilidades, todo podía suceder. ¿A dónde llevar la historia ahora que la tierra estaba siendo explorada sin control por las especies liberadas? Sencillo. A un lugar que tiene todo que ver con el pasado.

En esta nueva aventura, Owen Grady (Chris Pratt) y Claire Dearing (Bryce Dallas Howard) otra vez tendrán que lidiar con las consecuencias de la avaricia de una empresa –que resultará muy familiar, particularmente para fans de la novela original– cuyo principal objetivo es beneficiarse monetariamente con las maravillas de la ciencia. Sí, esto es algo que ya se había visto infinidad de veces en este universo, sólo que en esta ocasión el alcance de ese anhelo de poder realmente llega a niveles por demás desastrosos. Revelar cómo es que se llega ahí significaría dar spoilers, y es mejor sorprenderse. Basta decir que es en esta continuación en la que más se llega a sentir una genuina sensación de peligro, exceptuando la cinta estandarte de 1993, porque, claro, es casi imposible replicar tal maestría con el suspenso.

Colin Trevorrow, quien regresa a dirigir después de Jurassic World (2015), ofrece algo más cercano en tono a Parque Jurásico. Nos volvemos a encontrar entre laboratorios y lugares abiertos que, de no ser porque desde el principio se establece su función dentro de la trama, cualquiera podría pensar que son para dar recorridos a visitantes. El realizador no se puede contener y cada cierto tiempo inserta guiños a los eventos que tuvieron lugar en Costa Rica. Ahí está la lata de crema para afeitar cubierta de lodo recordándonos el doloroso final de Dennis Nedry –no se dice quién la recuperó de la Isla Nublar, pero es un bonito detalle–, ahí están las incubadoras con dinosaurios bebé, ahí están los cuartos de control con botones verdes y rojos.

El conflicto principal está enmarcado con las escenas de acción. No es una exageración decir que este es el filme más adrenalínico de la saga. Los stunts presentados en pantalla tienen una energía intoxicante. Como pocas veces, nos vemos inmersos en las aventuras de los protagonistas. No faltan persecuciones en motocicleta, vuelos de aviones atípicamente grandes y exploraciones de cuevas profundas. A ratos, se perciben intentos inspirados por salir del molde y trasladar la mitología de Crichton al subgénero del espionaje. Abonando a esto está el muy cuidado diseño sonoro, que tiene un nivel de detalle impresionante. En este punto es importante aclarar una cosa: la película Jurassic World: Dominion deja de lado el terror artesanal que Juan Antonio Bayona le inyectó a Fallen Kingdom. La producción se decanta por la manufactura de un blockbuster en toda la extensión del término.

Por supuesto, complementando la trepidante experiencia están las criaturas estelares. Pero no las que están hechas con CGI, sino los animatronics, cortesía del diseñador John Nolan. Sin afán de demeritar lo que se hizo en el ámbito digital, pero la majestuosidad de los efectos prácticos es apabullante. Cuando el flamante giganotosaurio aparece a cuadro es imposible no pasmarse. También es de celebrarse la vuelta del dilofosaurio, que no se dejaba ver desde “el incidente InGen”. Calculador como siempre, cuando escuchamos que está cerca, el corazón se acelera. Curiosamente, Blue ahora queda en segundo plano. Pese a que se le quiso dar a la raptor un peso considerable en los eventos que conforman el conjunto, sus intervenciones siguen siendo irrelevantes.

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Es momento de hablar del punto fuerte del filme: sus personajes humanos. No se puede negar que estamos ante un producto comercial. Quizá por eso es extremadamente sorprendente que el guion de Emily Carmichael, coescrito con Trevorrow, no sucumba a los encantos de la maquinaria hollywoodense al presentar, después de un largo tiempo, a Ellie Sattler (Laura Dern), Alan Grant (Sam Neill) e Ian Malcolm (Jeff Goldblum). Ellos no requieren de bombo y platillo para entrar a escena. Sus diferentes personalidades personalidad hablan más que cualquier tipo de adorno técnico.

Para muchas personas, la primera aparición de los científicos podría llegar a parecer anticlimática, pues no hay música grandilocuente o movimientos de cámara dramáticos que nos preparen para su llegada. Y es que ese es el punto. Hacernos ver que nunca se fueron. Que, de una forma u otra, siempre han sido parte de este universo. Se les da su debido respeto, como debe ser. Sin embargo, no se desvirtúa ni se traiciona su forma de ser. Es probable que esto sea porque los actores conocen a la perfección los roles que han interpretado durante gran parte de su vida.

Viene a la mente, de nueva cuenta, el fallido intento de Lucasfilm por revivir en Disney la galaxia lejana. Ahí, las interacciones entre el nuevo y viejo elenco dejaban mucho que desear (por no hablar de la pésima resurrección de Palpatine en el último episodio). Aquí, el encuentro de Claire y Owen con el resto del reparto de legado es orgánico y plausible.

Por si esto fuera poco, los cineastas se permiten concluir de manera satisfactoria los arcos de Maisie Lockwood (Isabella Sermon) y Henry Wu (BD Wong). De este último destaca su redención poco aleccionadora. Desde el inicio, él ha sido el eslabón clave entre las aventuras clásicas y las hechas para las nuevas generaciones, por lo que su despedida es bastante emotiva. De hecho, todas las despedidas en esta película son conmovedoras. Queda claro que nada, absolutamente nada se dio por sentado

Jurassic World Dominion cumple como cierre a una era. Cíclica, cargada de nostalgia y, sobre todo, fiel a las ideas sobre las que están cimentadas sus predecesoras. Entiende que renovarse no es cambiar su esencia, sino procurar cambios que, aunque pequeños, mantengan nuestro interés. Es, pues, el triunfo de una propiedad que nunca pretendió ser algo que no era y permaneció en buenas manos.  

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mm Cinéfilo y melómano. Me fascina escribir, escuchar, leer y comentar todo lo relacionado con el séptimo arte. Creo que Fleetwood Mac está infravalorado. Soy fan de Rocky y Back to the Future y obvio algún día subiré los «Philly Steps» y conduciré un DeLorean. Fiel creyente de que el cine es la mejor máquina teletransportadora, y también de que en la pantalla grande todos nos podemos ver representados.
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