Sacrificio: los elegidos – Crítica de la película
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Ya hemos estado aquí –y con bastante frecuencia en los últimos años–: historias en las que los frívolos, egocéntricos y desconsiderados millonarios, celebridades y complacientes artistas se vuelven víctimas de la venganza por sus actos en contra de –o apatía hacia– los oprimidos o el planeta Tierra. Vamos, que incluso Anya Taylor-Joy y Chris Evans han estado en algunas. Ambas excelentes, por cierto, lo que sólo exalta la poca gracia con la que Sacrificio: los elegidos (Sacrifice), de Romain Gavras, se une a dicho canon.
Difícil no sentir su premisa como un lugar común: la película nos sitúa en una gala benéfica, en donde CEOs billonarios y celebridades variopintas, ataviadas en trajes y vestidos de diseñador, intercambian ideas y discursos vacíos sobre salvar el planeta. Entre ellos está Mike Tyler (Evans), una estrella de cine intentando recuperarse de una funa; Ben Bracken (Vincent Cassel), el techbro más rico del planeta; su esposa estrella de pop y productora, Gloria (Salma Hayek); y la artista Katie (Ambika Mod).
Sin embargo, un culto armado, liderado por Joan (Taylor-Joy), irrumpe en la gala con una declaración radical: un volcán hará erupción en tres días y acabará con la vida en la Tierra… a menos que tres personas sean sacrificadas en su lava. Al ser secuestrado por el culto junto con Ben y Katie, Mike es arrojado al rol más heroico de su carrera en la vida real. Si tan solo pudiese capitalizarlo…

Desarrollándose como una suerte de road movie satírica en camino hacia el volcán, la película Sacrificio se construye sobre dicotomías: la del mundo natural contra la explotación industrial; la de la razón y la ciencia contra el pensamiento mágico; la de la colectividad contra el individualismo; la del querer buscar el beneficio colectivo contra sólo pretenderlo ante la cámara.
La cuestión es que, aunque el guion de Will Arbery (Succession) introduce esos temas a través de sus personajes –y con sólidas actuaciones del elenco–, en su mayoría no son llevados más allá del arquetipo, algunos incluso quedando en la caricatura. La trama, eventualmente, nos revelará algo del pasado de Joan, por qué cree en lo que cree y si sus métodos podrían o no ser legítimos; y por lo menos Mike sigue una cierta estructura del “viaje del héroe” que plantea su introspección y jugando con la ambigüedad al borde de su abismo personal: ¿tendrá una epifanía, o sólo sacará provecho de la situación?
Sin embargo, más allá de eso, Sacrificio permanece en la sátira superficial y en un absurdismo que oscila de lo evidente –como que la ética y la acumulación extrema de riqueza no se llevan– a, en contadas ocasiones, lo punzante e incómodo –como que el compromiso con la subversión implica sacrificios personales que no todos están dispuestos a cumplir.
Pero quedarse en ese nivel es, paradójicamente, tan efectivo como ser una estrella de Hollywood que va a tomarse fotos en una gala benéfica con la élite mundial. ¿No podemos hacer o decir nada más que burlarnos de la idiotez billonaria, llegados a este punto?

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