El sobreviviente (2025) – Crítica de la película
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Cabe comenzar por aclarar que sí, existe otra famosa película de 1987, de igual título y premisa, basada en el mismo texto de Stephen King (publicado en 1982 bajo su seudónimo de Richard Bachman), aunque funciona más como un escaparate para la musculosa y exagerada acción típica de Arnold Shcwarzenegger. Por lo tanto, conviene entender a esta versión de El sobreviviente (2025), bajo la dirección de Edgar Wright, no como un remake sino como una nueva adaptación (¿readaptación?).
Una más fiel a la novela original, curiosamente estrenada en el mismo año en que ésta se sitúa, y que sigue mirando hacia un futuro distópico (y ahora inespecífico), pero que da cuenta de cuatro décadas de innovaciones tecnológicas que lo posibilitan más allá de las peores pesadillas de King.
La trama sigue a Ben Richards, no un musculoso expolicía insubordinado e incriminado como castigo, sino un benevolente obrero con el carismático rostro de Glen Powell, desempleado e injustamente boletinado. En una sociedad donde una mega corporación mediática (una cadena conocida simplemente como “The Network”, con una gran y para nada alusiva “N” roja) bombardea constantemente las pantallas ubicuas con reality shows humillantes –y mortales, como el titular The Running Man–, Richards vive en un precario barrio con su esposa (Jayme Lawson).
Incapaces de proveer medicinas para la hija enferma de ambos, Richards decide hacer pruebas para participar en alguno de los programas de la cadena. Por su aptitud física y, sobre todo, por su actitud contestataria, es decidido que él y otras dos personas participarán en The Running Man, cuyo premio es de miles de millones de dólares. Deberán huir y esconderse por el país, mientras los propios ciudadanos contribuyen a su captura y ejecución a cambio de recompensas monetarias. El juego termina con la muerte de los participantes, o si alguno logra sobrevivir durante 30 días.

El sobreviviente (2025) de Wright parte de esta premisa para plantear lo que, en la superficie, es una muy entretenida película de acción y ciencia ficción-ya-no-tan-ficción distópica, con una textura de un futuro tan factible como cercano.
Sus Estados Unidos, a diferencia de la adaptación con Schwarzenegger, lucen menos como un Mad Max urbano y más como ciudades en la decadencia hipercapitalista de la actualidad, pero abiertamente gobernadas por corporaciones y tapizadas de pantallas que promueven la frivolidad idiotizante de las Kardashian en un momento y, al siguiente, la cacería de fugitivos en el nombre del espectáculo.
Wright y su coguionista de Scott Pilgrim, Michael Bacall, refuerzan constantemente que éste es un Estado policial-corporativo en el que la hipervigilancia no sólo es posibilitada por la tecnología de consumo, sino que incluso es incentivada por la participación ciudadana en la esfera digital. Es la distopía post-factual facilitada por Jobs, Zuckerberg, Bezos y la oleada de techbros sin escrúpulos de Silicon Valley en su estela.
Y Wright integra los lenguajes de las redes sociales a su estilo visual –usualmente frenético y, paradójicamente, un tanto más sobrio aquí–. El resultado son secuencias de acción espectaculares, para “mantenerse al filo de la butaca”, como dirían por ahí; intercaladas con imágenes de la era del broadcast yourself.

Es con esta integración de la tecnología y su lenguaje que El sobreviviente (2025) comenta sobre lo peligrosamente cerca que estamos de esta realidad, en la que el sufrimiento ajeno se consume como espectáculo desde el letargo consumista. Y es ahí donde la estética de Wright cae en una curiosa paradoja.
El estilo visual de Wright contribuye, irónicamente, a una representación de violencia con fines de entretenimiento cool, tan anónima como notablemente tardía en su comentario. Es una película que llega en una era donde Los juegos del hambre es una franquicia escapista para jóvenes adultos y los horrores al fondo de El juego del calamar son trivializados por “la gran N roja” en un reality que los convierte en “franquicia”. Todo bajo el estandarte de otra megacorporación que, tácitamente, defiende una distopía que ya se vive.
Al menos no hay que soportar el atroz acento de Schwarzenegger en esta ocasión.

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