No Other Land – Crítica de la película documental

No Other Land – Crítica de la película documental

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Sucedió una casualidad curiosa –y no por ello menos significativa– cuando terminé de ver el documental No Other Land. Como buen cinéfilo maniático en nuestra era de las redes sociales, registré la película en mi diario de Letterboxd, y acabó catalogada exactamente junto a Un dolor real, que había visto la noche anterior. No lo menciono desde una intención incendiaria: genuinamente, me parece que hay un curioso diálogo entre las tesis de ambas películas (dejando a un lado el hecho de que ambas son nominadas al Oscar 2025).

Breve recapitulación: en Un dolor real, dos primos (Jesse Eisenberg y Kieran Culkin) viajan a Polonia para conocer sitios de la resistencia judía al eventual exterminio por parte de los nazis, y para visitar la casa donde vivió su abuela, sobreviviente del Holocausto. Entre los varios puntos que plantea la película escrita y dirigida por Eisenberg sobre la resiliencia, la memoria histórica y la supervivencia a un dolor colectivo, está el punto levantado por el personaje de Culkin sobre la trivialización de ese mismo dolor. A su forma de verlo, el Holocausto se ha convertido en un producto turístico o, si lo extrapolamos a ciertas producciones cinematográficas, un objeto de consumo. En consecuencia, estamos adormecidos ante ellos, más que abiertos a sentir auténticamente el dolor vivido.

El documental No Other Land es la clase de película urgente que despierta al espectador hacia ese dolor, fuera de cualquier discusión que pueda suscitarse desde las posturas ideológicas o religiosas. El documental es encuadrado, en su mayor parte, desde la óptica de Basel Adra, que continúa la labor de su padre como activista de resistencia en Masafer Yatta, una comunidad de pueblos palestinos en Cisjordania que, por décadas, han existido bajo un apartheid impuesto por Israel.

Facilitadas por la portabilidad de los smartphones, las imágenes recogidas por Adra y sus codirectores, el camarógrafo palestino Hamdan Ballal, y los israelíes Yuval Abraham (periodista) y Rachel Szor (cineasta); tienen una frontalidad e inmediatez incontrovertibles. Presentadas casi en crudo, ensambladas en un montaje básico –quizá una decisión tanto moral como por limitaciones de las circunstancias–, nos hacen testigos directos de la inhumanidad con que las fuerzas israelíes desalojan forzadamente a pobladores que no hacen más que llevar sus vidas en la tierra de la que han vivido por generaciones.

Edificios son demolidos y violencia es perpetrada con la crueldad más fría y abyecta. En el montaje, los directores contrastan las evidencias de estos actos despiadados con imágenes de noticieros israelíes, donde cualquier crítica es aplastada bajo la etiqueta de antisemitismo, en el nombre de la narrativa sionista.

La relativa crudeza formal del documental No Other Land responde al tipo de imágenes más típicas del periodismo ciudadano que, ensambladas aquí bajo el espíritu contestatario del cine directo –espontáneas, sin mediaciones artificiales más que el peligro de represión–, se vuelven contestatarias del discurso establecido. La verdad es incontrovertible: personas inocentes están siendo obligadas a dejar sus hogares a punta de pistola, sin más justificación que las órdenes de un tribunal invasor. El documental abarca desde 2019 hasta finales de 2023, pero en palabras del propio Adra, sigue sucediendo cada semana.

Lo que Adra, Abraham y compañía ponen en pantalla sólo podrá ser justificado por quienes hayan perdido irremediablemente su humanidad. Para el resto, será una experiencia impactante, quizá emocionalmente dolorosa, incluso. Una película que despierta al dolor auténtico y actual del que habla el personaje de Culkin, cuya urgente e inhumana realidad aspira a denunciar la injusticia, lejos del mero fetichismo y la explotación.

Y esto levanta un punto filosófico importante: ¿qué hacer con esta información y con esta empatía? Se viene a la mente otra figura reciente en mi catalogación de Letterboxd: Jean-Luc Godard. En la etapa posterior de su obra, el emblemático cineasta francés fue especialmente reflexivo y crítico sobre el arte que amó y su lugar en la historia del siglo XX. Para él, el gran fracaso estético y moral del cine, fue en su incapacidad de hacer algo por prevenir y luego por documentar las atrocidades del Holocausto, para mirar cobardemente hacia otros lados, los del entretenimiento y la propaganda. Sólo quedaron las bestiales repercusiones, inmortalizadas en retrospectiva por Alain Resnais o por Claude Lanzmann.

Hay aristas para debatir el argumento de Godard, pero ese no es el objetivo ahora. Con el registro de la imagen emancipado de las pesadas cámaras de cine y del costoso celuloide, hoy democratizado en las cámaras de hasta el smartphone menos costoso, cabe extrapolar el argumento de Godard al documental No Other Land y preguntar: ¿cuál es la excusa ahora?

Por sí mismo, cuestión que hemos presentado antes, el cine no tiene la capacidad de transformar el mundo. El documental palestino tiene el poder para realizar la tarea –esencial, mínima– de combatir la desinformación y combatir la narrativa del poder político y económico. Pero para eso, necesita ser vista, y en Estados Unidos ya ha sido objeto de una censura tácita: salvo las funciones necesarias para ser elegible al Oscar, no ha tenido un estreno comercial en el país del norte. Aquí en México, si bien no ha sido censurada, tampoco despertó interés de los grandes exhibidores. Entre las dos, Cinépolis y Cinemex le otorgaron el gran total de seis salas, casi todas en la capital del país. Recayó en el circuito cultural –y casi totalmente en exhibidores independientes– para llevarla a 16 entidades.

Así que, respondiendo a la pregunta de qué hacer con lo que nos deja el documental No Other Land, quizá lo primero –y lo básico– será ir a verla, e invitar a otros a hacerlo: el primer paso hacia la generación de la necesaria conciencia para combatir la desinformación y la franca apatía. Y de paso, sería bueno cuestionar los modelos comerciales de exhibición cinematográfica, inmunizados al argumento de la crisis humanitaria por la optimización de los ingresos en taquilla.

Para un segundo paso, tristemente, son pocas las opciones realmente accionables y tangibles. Siempre es posible salir a las calles, demandar que nuestros gobiernos ejerzan la presión política que sea posible. Siempre hay organizaciones de ayuda humanitaria a las que es posible donar, incluso causas particulares a las que contribuir.

Pero si hay algo que nunca debemos dejar de hacer, es hablar, dialogar y reflexionar. Que el cine se vuelva no sólo un producto adormecedor de consumo, sino una oportunidad de seguir siendo humanos. 

autor Este no es el droide que estás buscando. Crítico y periodista de cine, actual editor en jefe de Filmelier en México y Brasil. También edita el blog de Film Club Café.

Contenido original de Cine PREMIERE

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